Londres seduce todo el año

El invierno no es tal vez la mejor estación para disfrutar de Londres, pero a pesar del frío, del viento y de la lluvia, la ciudad se impone como un gran destino para visitar en cualquier época del año. Porque la modernidad y lo clásico, la tradición y la vanguardia conviven en un contraste por demás atractivo.

Por cierto, el valor de la libra, siempre más potente que el euro, puede ser disuasivo para un viajero que calcula en pesos. A nosotros, una familia de cuatro que pasamos unos días en enero pasado, nos resultó muy conveniente para la economía alquilar un departamento. Elegimos parar en Notting Hill, un barrio que supo ser bohemio hasta que la película con Julia Roberts y Hugh Grant le dio fama mundial y cierto aire pretencioso.
Los días de feria de antigüedades apenas se puede caminar entre los turistas, y todos corren (y nosotros también caímos en la tentación) a buscar la librería en la que transcurre el romance de los protagonistas. Pero el resto de los días son para los locales: varias generaciones ingleses de clase trabajadora, con el acento característico (en este caso, de las películas de Ken Loach) atienden en las calles puestos que venden fruta, verdura y comidas con aromas de todas partes del mundo. A diario, y no tan sólo sábados y domingos, los pubs de onda para más jóvenes ofrecen cerveza tirada, buenos tragos, música increíble y el ambiente de la noche londinense.

El costo desorbitante del transporte (les garantizo: conviene soportar un trámite medio engorroso para obtener un pase antes que pagar las fortunas que cuesta cada viaje en forma individual) se compensa con la entrada gratuita a los maravillosos museos de la ciudad, como el Tate (con dos sedes y una lancha que atraviesa el río Támesis y los conecta entre sí) y el British Museum, donde exhiben sin demasiado pudor, con la convicción de un país que fue potencia colonial, pedazos de la historia de Grecia y de Egipto como si fuesen propios.

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Recomiendo las visitas guiadas, también gratuitas: gracias al particular sentido del humor y la ironía de los ingleses resultan amenas incluso para adolescentes distraídos. Las postales más conocidas de Londres, la Torre y la Abadía de Westminster, ambas atracciones con entrada arancelada, preservan, a pesar de la marea de turistas que se mueven a su alrededor, el encanto de la historia.

Si de tradición se trata, aunque pasemos a la comida, recomiendo pagar lo que vale la ceremonia de un clásico té de las cinco de la tarde en la tienda Harrods: en mesas repletas de árabes millonarios, presentados en platitos de porcelana que forman una pirámide, sirven escones y sandwichitos de miga que valen cada libra de la cuenta final.

Para los más chicos, lo más parecido a Disney que ofrece Inglaterra es una visita a los estudios de Warner Bros donde se filmó toda la saga de Harry Potter. Mi desconocimiento de ese mundo es tan grande que mi familia, un poco abochornada pero (supongo) que en un gesto cariñoso, me regaló una tasa con una enorme leyenda que dice Muggle, como llaman en el mundo de Potter a los seres humanos sin ninguna habilidad para la magia (eso me explicaron). La visita demanda un viaje en tren, combinación con micro y todo un día.

Con el mismo espíritu con el que encaré el recorrido de una historia que desconozco del principio al fin recomiendo pasear por Londres. El hechizo, tarde o temprano, te alcanza.

Vía: www.clarin.com

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